En la
introducción hablaba sobre la importancia que tiene aquello que es invisible
aludiendo a un párrafo de “El Principito”. Pues bien, esa parte es la de
las sensaciones, los pensamientos y reflexiones que se producen en la práctica
docente. Ciertamente es importante estar bien organizado y tener claros los
contenidos, objetivos, competencias y criterios de evaluación de las materias
que se pretenden enseñar. Sin embargo, es importante que sepamos que los niños
con lo que más se quedan es con lo que está dentro de la corteza. Muchos de
nosotros recordamos a nuestros profesores por características de su carácter
más que por la materia en sí que nos enseñara. Depende de nosotros lo que
pretendamos transmitir a nuestros alumnos; podemos ser el profesor serio y
aburrido al que nuestra persona le importa un pimiento o aquel profesor que te
exigía pero te hacía sentir seguro y confiabas en él.
Cuando enseñas
no sólo estás transmitiendo conocimientos sino que, también, transmites una
parte de tu persona, de lo que eres. Para los niños somos un modelo de persona
al igual que sus padres y esto no lo podemos olvidar. Muchas veces
regañamos o sancionamos defectos que, si nos examinásemos, los encontraríamos
en nuestra conducta. Entonces ¿Qué hago para ser un buen maestro? Porque dicho
lo dicho parece algo muy complicado. Pero es tan sencillo como tener
clara una idea y ser fiel a ella o quizás seguir un sueño con pasión. Pero,
¿Cuáles esa idea o ese sueño? Te preguntarás y yo te diré que cada uno debe
buscar el suyo propio. Yo tengo claro que una de mis metas es educar a buenas
personas y para esto es necesario que yo luche por serlo primero porque no se
puede exigir de lo que uno no tiene.
Conocerse a uno
mismo y la empatía son dos pilares fundamentales en la profesión de maestro
porque sin ellas seríamos unos hipócritas. No deberíamos empeñarnos tanto en
que las cosas salgan perfectas, en que lo entiendan todo todos a la primera, en
que no exista ningún conflicto… Eso es francamente imposible. Lo que debemos
hacer es mirar, escuchar, observar atentamente la realidad que nos rodea en la
escuela y en el aula donde nos encontremos. Después de este análisis debemos
adaptarnos a esa realidad en la que puede haber una niña que tiene una conducta
explosiva y que a la vez se siente rechazada y algunos compañeros le hacen la
vida imposible. Puede que te gustaría que fuese de otra manera pero la realidad
es esa.
En definitiva,
durante estas prácticas he podido vislumbrar una parte de esa parte invisible
de la enseñanza aunque todavía me queden años para seguir descubriendo más.
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